Sol de Invierno
El futuro que existía en algún lugar
La oscuridad regresó con la misma visión. Mi puñal avanzando hacia Vera, el filo entrando sin resistencia, y la certeza de que lo hago para salvarla. Me desperté jadeando. Mis dedos temblorosos aún buscaban en su herida un portal que me dijera que existe otra salida. Recordé las palabras de mi padre: «Hay otra opción Kairos... Tú».
El frío del bastión me mordió los huesos. Estábamos agazapados en una grieta, en el corazón del laberinto de roca. Argos me apretó el hombro para que callara. El repiqueteo metálico de los custodios rebotaba por los corredores. Hábitos oscuros blanqueados de sal, con sus báculos de bronce golpeaban la piedra con un ritmo ceremonial. Al ver sus párpados cosidos con hilo negro, entendí por qué susurraban al contar los mitos. Pasaron cerca, guiados solo por el eco. Contuve el aliento hasta que el sonido se perdió.
Apreté el colgante de medialuna que llevaba en el bolsillo; el metal se me clavó en la palma. La rabia me subió a la cabeza al mirar a mi padre.
—Los custodios saben lo que ella lleva dentro —dijo Argos—. Su ritual expulsará a la entidad, pero destruirá el recipiente.
Agarré a mi padre, importándome poco si los monjes nos oían.
—No hables de mi hija como si fuera un objeto —repliqué con la voz quebrada—. Dijiste que podíamos sacarlo.
—Y podemos. Pero la entidad necesita un anfitrión voluntario. Deja que la carga pase a tu sangre, yo podré contenerlo.
Sentí el calor de la ira subiendo por mi cuello.
—¿Dónde estabas cuando desapareció Vera?
Argos no bajó la mirada, ni vi arrepentimiento en sus ojos.
—¿Dónde estabas tú? —susurró—. Ódiame luego, Kairos. Ahora sálvala.
La acusación me dejó sin aire.
—Hagámoslo aquí —sugirió Argos.
Mi padre se recostó contra la piedra helada y se abrió la camisa. Bajo la tela apareció un cuerpo debilitado y lleno de cicatrices: algunas viejas y olvidadas; otras recientes, suturadas con hilo y selladas con un empaste coagulante. Saqué del zurrón la botella de alcohol y bañé mi puñal.
—Vamos, Kairos. No podemos ir a ciegas. —Mordió un trozo de tela recia.
Dudé un segundo. Pero tenía razón. Teníamos que llegar a Vera antes de que completaran el ritual. Apuñalé al viejo bajo las costillas, retiré el puñal e ignoré la sangre caliente que me manchaba las manos. Entrelacé dos dedos y hurgué en la herida abierta.
La carne cedió tragándose mis dedos. El dolor de mi padre trepó por mi brazo; el vínculo se selló. Compartimos la agonía. Desde mi médula, una espiral de fuego recorrió mi cuerpo. Luego llegaron las vibraciones, un torrente creciente que sacudía cada una de mis vértebras. La piedra fría del bastión se disolvió. Las tinieblas lo devoraron todo y del vacío emergieron luces danzantes; fuegos fatuos de colores que se entrelazaban tejiendo una realidad futura. La visión se hizo nítida con una ráfaga de imágenes. Reconocí una galería de arcos de piedra. Un pasillo con varios cuerpos de custodios desparramados. Vi mi propia figura, limpiando la sangre de la hoja. En una sala abovedada, Vera estaba retenida en el centro de un círculo con sellos de sal.
—¡Hija!
Me fundí con ella en un abrazo, mis lágrimas se evaporaban y la imagen se esfumó en mi pecho. La negrura consumió el mundo; fui arrastrado por una corriente subterránea que me devolvió de golpe a la realidad.
—¿Qué has visto? —susurró mi padre mientras sostenía con fuerza mi mano a punto de desfallecer.
—A Vera… pero está vacía. La entidad la está consumiendo.
Me detuve unos segundos para controlar el mareo. Sellé la herida con el bálsamo, no había tiempo para suturas. El viejo apretó los dientes y se reincorporó sobre unas piernas que apenas lo sostenían.
Avanzamos hacia la galería de piedra de mi visión. El pasillo terminaba en una puerta tosca con varios glifos geométricos tallados en la roca. Dos custodios enormes guardaban el paso.
Estaban muertos, pero aún no se habían enterado.
Calculé el tiempo entre el eco de cada golpe de bastón y me abalancé contra el primero de ellos. Con una estocada, mi puñal se incrustó en su cuello. Su cara de ojos cosidos se giró hacia mí; mantenía esa ligera sonrisa que me heló la sangre. El custodio lanzó el bastón contra el suelo y me atrapó la muñeca con fuerza. Por el rabillo del ojo, vi la sombra del segundo gigante. Alertado por el metal, alzó su báculo para aplastarme.
El cabezazo del coloso estalló contra mi frente. Mis rodillas cedieron por el impacto y me desplomé, arrastrando a mi presa conmigo. El aire silbó sobre mi cabeza y el bastonazo trituró el cráneo de su compañero. Dos dagas de Argos volaron hasta el pecho de mi oponente, haciéndole tambalearse. Aún aturdido, me incorporé a medias y lancé una cuchillada ciega a su tráquea, tiré hacia arriba con rabia hasta que el filo topó con la mandíbula.
Los gigantes se desplomaron; moles de carne inerte. Limpié el puñal en la túnica del muerto tal y como había visto en mi visión. Argos se apresuró para seguirme. Pasó por encima de los cadáveres sin mirarlos, con los ojos fijos en la puerta.
Al cruzar el umbral, un olor a mar seco me inundó los sentidos. El silencio era tan absoluto que el aire se sentía denso. La luz caía desde la cúpula sobre el centro; allí, dentro del círculo de sal, flotaba Vera. Su vestido azul y su cabello azabache ondulaban con la brisa helada que atravesó el portón. Parecía sumida en un profundo letargo; bajo su piel pálida, casi traslúcida, las venas palpitaban con un negro corrupto.
Avancé decidido y sostuve a mi hija en brazos. La frialdad de su piel me recordó a un cascarón vacío. La culpa se me anudó en las tripas. Acaricié su mejilla con el dorso de la mano. Parecía tan pequeña entre mis brazos, tan frágil. Por un segundo, sus párpados temblaron como si fuera a despertar.
—Lo siento mucho, hija. Siento no haber estado cuando más me necesitabas —dije mientras anudaba el amuleto alrededor de su cuello.
Recordé una visión antigua. Vera de adulta, caminando bajo el sol, con los ojos entrecerrados y la piel tostada por el verano. Me miraba sin miedo. El mundo la había devuelto a sí misma. Ese futuro existía en algún lugar.
—Hazlo. Acepta la carga antes de que la perdamos para siempre.
El puñal tembló en mi mano. La duda me paralizó un instante, pero al mirar su rostro pálido supe que no había elección. Bañé el acero con el resto del alcohol y busqué el antebrazo de Vera. Atravesé su fina piel. Sangre negra y densa brotó de la herida. Se evaporó al entrar en contacto con la sal inmaculada del suelo. Entrelacé dos dedos y crucé el portal de carne.
Al instante, una enredadera de espinas candentes trepó por mi brazo, quemando mis nervios, invadiéndome. El vínculo se selló. La realidad se hizo borrosa y la oscuridad de la sala me tragó. Se abrió paso en mí una presencia primigenia, más vieja que el tiempo. Algo en ella me resultó familiar. Dejé de luchar y abracé lo desconocido.
Vi a mi padre, mucho más joven. Un grupo de acólitos. Un puñal. Una mesa de piedra; sobre ella, un niño llorando. Yo.
—No sirve si se resiste —dijo el Argos del pasado—. La carne debe invitarle a entrar.
La imagen cambió. Vi cómo Argos repitió el ritual sobre Vera.
—No está completa —dijo el viejo—. No tiene el don.
Después se llevó a Vera a través del laberinto de piedra y la entregó a sus carceleros.
El Antiguo se expandió dentro de mi cráneo, aplastando mis propios pensamientos. Traté de moverme pero mi cuerpo ya no respondía. Me había convertido en un espectador atrapado detrás de mis propios ojos.
—Está roto. El dolor lo ha vaciado —dijo mi padre—. ¡Cumple ahora tu parte del pacto! Quiero ver lo que ven tus ojos.
Abrí la boca poseído, de ella salió un vapor oscuro que Argos inspiró hambriento. Su cuerpo se arqueó con un crujido y se quitó la camisa como si le ardiera. Todas sus cicatrices comenzaron a abrirse como bocas, supurando sangre coagulada. De cada una de sus heridas brotó un ojo. Cientos de globos oculares frenéticos que se deformaban por la agonía, mirando en todas direcciones al mismo tiempo.
Argos aullaba en el suelo, perdido en una visión infinita que su mente no podía procesar, pero el Antiguo ya no tenía interés en él. Su atención volvió al centro del círculo. Mi brazo se alzó. La duda había desaparecido, sustituida por una dominación absoluta.
Vera abrió los ojos un instante. —¿Padre? Hace frío.
No hubo miedo en su mirada. Grité en el silencio de mi mente, golpeé las paredes de mi propio cráneo. Reuní cada fragmento de voluntad que me quedaba, me aferré a los recuerdos que tenía de Vera. Ella bajo el sol. Un sol enorme, su llamarada calentaba mi alma. Tiré de mis propios nervios como si fueran cadenas ardientes, y mi mano se detuvo con el puñal en alto. Mi cuerpo crujió, a punto de estallar bajo la presión de dos voluntades opuestas. Por un momento, creí que podría vencerlo, pero mi mano descendió. El filo entró sin resistencia.
La sangre de mi hija bañó mis manos, pero esta vez no hubo dolor compartido. El silencio rompió algo dentro de mí. Con un rugido de ira que me desgarró la garganta, forcé a mi brazo a girar para clavar el puñal en mi propio pecho, buscando el corazón.
La herida en mi carne se abrió en unas fauces que plegaban el espacio. El Antiguo aspiró, devorando con gula todos los futuros posibles. El mañana colapsó sobre el presente. Donde antes existía esperanza, solo quedó el vacío.
La realidad volvió cuando mi corazón se detuvo. Atravesé el portal de carne por última vez, ofreciéndole la visión que tanto ansiaba. El Antiguo se detuvo al comprender la trampa. Sentí cómo su presencia se retiraba, lenta y pesada, como una marea negra que regresa a las profundidades, sabiendo que la eternidad es larga y que siempre habrá otros recipientes.
Yo me desplomé sobre el cuerpo de Vera. Ya no sentía el bastión, ni el dolor, ni el frío. Cerré los ojos bajo un sol imaginario, sabiendo que, aunque yo no lo vería, el mañana seguiría existiendo.
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Me dejas con la boca abierta. Es imposible dejar de contener la respiración en cada línea